El hombre contemporáneo tiene un rasgo distintivo que lo diferencia de las generaciones anteriores y es ni mas ni menos que su capacidad de circulación y movilidad ( real y virtual) por el mundo. El mundo tal cual lo conocían nuestros abuelos y padres se ha transformado radicalmente. Hace tan solo 70 años recorrer distancias cortas o lejanas (de un continente a otro) requería de grandes inversiones de tiempo. Actualmente trasladarse de una ciudad o un país a otro nos demanda unas pocas horas de nuestro tiempo (quizás hasta invertimos mas tiempo en el armado de una valija que el tiempo neto de viaje). Paralelamente, este seguramente es la característica mas sobresaliente de nuestro tiempo, tenemos la capacidad de estar en tiempo real en varios puntos del mundo simultáneamente y conocer de cerca acontecimientos de la vida cotidiana de lugares distantes al nuestro. Estas características son las que se han visto alteradas en estos últimos meses con la aparición del COVID-19, su expansión por todos los rincones del mundo y sobre todo a partir de las políticas sanitarias de distanciamiento social y aislamiento. Mucho podríamos decir respecto a los efectos devastadores en la ilusión de control y seguridad que teníamos por los avances tecnológicos de estos últimos años. Pero es interesante centrarse en los efectos que ha producido en las personas y las consecuencias psicológicas y emocionales que han traído esta nueva condición social. El aislamiento nos enfrenta a múltiples efectos que vamos descubriendo y reconociendo a medida que van pasando los días de cuarentena. La humanidad no tiene en su repertorio de acciones y representaciones ningún recurso o estrategia para lidiar con estas circunstancias que nos arrinconan en nuestros espacios y nos sumergen en un estado de incertidumbre y ansiedad nunca antes vivido por la humanidad. A esta situación se le añade un factor no menor: la pérdida total de toda garantía. Las garantías (por supuesto son siempre invenciones … ilusorias, pero imprescindibles para que la vida se sostenga y que el mundo sea habitable) que vienen de la mano del avance del confort y la mejora en la calidad de vida (que ha sido en términos estadísticos exponencial sobre todo en los grandes centros urbanos), se han desmontado y derrumbado a una velocidad que no hemos podido aun calcular. El panorama, como verán es muy complejo y de múltiples capas. Tenemos por un lado una situación inédita en la humanidad y ninguna experiencia al respecto que no es de alguna guía para establecer como sociedad (occidental) hacia donde debemos ir y como hacerlo. Por otro lado el aislamiento detuvo por completo la maquinaria productiva y nos ha dejado en un estado de inacción producto de las medidas sanitarias (que por el momento parecen ser las mas adecuadas). Al mismo tiempo tenemos al nivel de los sujetos una experiencia que inhabilita toda acción. Frente a todo este panorama de incertidumbre los sujetos van experimentando ciertos efectos subjetivos que los empujan a la construcción de una vivencia de la realidad donde la acción queda retrasada y el pensamiento parece detenerse. No podemos pensar en un contexto que no nos presenta coordenadas claras y al mismo tiempo nos vemos atravesados por el detenimiento de nuestra vida cotidiana. Los sujetos no solo actúan sino que ligan ese hacer a un sin fin de emociones y sentimientos que hacen que ese «hacer» tenga un sentido para cada uno. No es simplemente el acto de ir al trabajo o instrumentar una estrategia de mercado para mejorar la capacidad de venta de un producto sino que (y sobre todo) es un «hacer» que tiene connotaciones muy profundas con el placer y con el deseo. Y este es nuestro panorama por estos días… dificultad en sostener un «Hacer» que este ligado a ciertas experiencias de placer y satisfacción. Estamos por estos días discurriendo en actos que parecen estar mas ligados a la supervivencia (al acto) que al placer y el regocijo (la acción). Al detenimiento que produjo el aislamiento se asocia el detenimiento de esta operación psíquica y emocional vital para todo ser humano: que nuestros actos tengan un sentido mas allá de nuestra supervivencia y se transformen en acciones ligadas a un proyecto y produzca placer. A esto lo llamamos proyectos y es el lugar mas afectado por la pandemia. Nuestra capacidad para proyectar (y proyectarnos… relanzarnos hacia lugares imaginados y posibles). Es por ello que es necesario en este contexto restablecer algunas prácticas que nos contacten con lo mas humano… nuestra capacidad de proyectar un porvenir posible. Y es allí donde tenemos que estar mas atentos y ocupados: en no ceder a un estado afectivo que nos empuja a la inacción del pensamiento y de la imaginación. Un filósofo francés contemporáneo ( David Le Breton) hace unos días a una pregunta sobre que es lo que nos salva o nos salvara como humanidad, contesto: » nuestra capacidad de imaginar… ese es el único territorio que ningún virus puede colonizar y doblegar».
He allí pues la clave: reconectar con nuestra capacidad de imaginar instrumentada en acciones y estrategias contextualizadas. ¿de que modos? en un contexto que nos ha empujado hacia la virtualización de nuestros vínculos con personas y con el ámbito laboral, el desafío sera aprovechar todas aquellas herramientas que nos proveen desde este campo el virtual. Un modo puede ser entonces buscar un asesoramiento que nos permita encontrar las mejores estrategias para mejorar nuestra oferta. Un movimiento, un «hacer» a partir de estrategias digitales que le den a nuestros proyectos nuevamente un lugar vital, de crecimiento y expansión.
